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En el tercer episodio sobre el discurrir del río Duero partimos de la ciudad de Viriato para adentrarnos en la zona más agreste de cuantas surca a su paso el gran río, donde no hay tregua a la mediocridad y la huella dejada por el hombre se empequeñece ante la grandeza del paisaje.
Sin salir aún de la provincia de Zamora y cuando las aguas del Duero comienzan su curso internacional, aparece el primero de los grandes Saltos. Castro da nombre a esta gran obra hidroeléctrica que, junto a otras cuatro más, encontrará el Duero antes de adentrarse de lleno en Portugal, más de 120 kilómetros de fayones y racheros que sus habitantes llaman arribes y que conforman el Parque Natural más extenso de Castilla y León con 106.000 hectáreas pertenecientes a 37 municipios, 24 de ellos salmantinos.
Es a partir de ese lugar donde comienza uno de los territorios más singulares de ambas provincias, donde parece que el tiempo se detuvo en algún momento sobre las dos vertientes del gran río; del lado luso conocido como Parque Natural do Douro Internacional, constituido en el año 1998, y en la parte española, el Parque Natural arribes del duero, aunque siete años antes de su declaración, en 1995, gran parte de este espacio era considerado Zona Especial de Protección de Aves (ZEPA).
Tras sortear su primera gran barrera en tierras de Alcañices, el hombre capa de nuevo la bravura de sus aguas en Miranda do Douro, esta vez presa de gestión portuguesa y cuya recula es aprovechada para paseos fluviales río arriba, aunque si por algo es conocida esta localidad es por su mercadillo.
Comienza la comarca de Sayago y de la que su capital es Bermillo, si bien, Fermoselle es el municipio más ligado al Duero. Esta villa bien merece una parada para observar su particular tipismo, sus empinadas calles y su arquitectura medieval; y es ahí, después de sortear la presa portuguesa de Bemposta, donde el Duero deja las tierras de Zamora y el Tormes estrecha sus lazos para morir en Ambasaguas, y que Miguel de Unamuno describió así: “...mas, al ir a entrar en la provincia de Salamanca, dividiendo a esta de Portugal, hacia donde le rinde el Tormes sus aguas, entre Fermoselle y Villarino, se mete en las entrañas de la meseta castellana..., en uno de los repliegues de ese terreno se ocultan los hondos tajos, las encrespadas gargantas, los imponentes cuchillos, los erguidos esfayaderos, bajo los cuales, allá, en lo hondo, vive y corre el Duero..., a estos declives que bajan al río se les llama arribes en toda la ribera, es decir, en la región toda salamanquina que bordea el Duero y afronta Portugal”.
Villarino de los Aires es el primer pueblo de la Ribera, un lugar donde la tierra parece buscar el aliento del Tormes y Duero, y que el hombre sostuvo en bancales para sembrar viñedos y olivos. El agua siempre estuvo presente aquí para mover molinos harineros, limpiar bodegas excavadas sobre la piedra y condensar el vapor en los alambiques de orujo.
Siguiendo sus aguas llegamos a Pereña de la Ribera donde el viajero se detiene para asomarse al castillo y un poco más abajo, pero siguiendo las encabritadas aguas del Uces que bordean Masueco de la Ribera, aparece entre la niebla el Pozo de los Humos, un espectacular salto de agua que muchos han cogido para sí, pero que únicamente pertenece a la Ribera.
El Duero continúa ahora su pausado curso en el término de Aldeadávila, capital ribereña, pues muestra de ello es la iglesia de El Salvador y su gran torre. Pero antes de llegar a su cuadrada plaza abalconada, merece la visita El Rostro, paraje donde los paseos en barco se convierten en una auténtica lección de naturaleza. Como en la mayoría del valle del Duero, los vinos ocupan un lugar especial en Las Arribes, pero en especial, en Aldeadávila, Pereña y Villarino.
Llegamos a Mieza de la Ribera, lugar donde la hospitalidad es la bandera de uno de los pueblos que mejor conserva el tipismo arribeño junto a Vilvestre, localidad vecina; aunque antes de arribar en éste, no se puede dejar de visitar La Code, uno de los miradores más espectaculares de cuantos ofrecen Las Arribes y donde las aguas del Duero, adormecidas ahora por el embalse de Saucelle, espejean el bosque de encinas y alcornoques.
Ya pocos recuerdan el apellido ribereño de Vilvestre, pero lo que no han perdido sus habitantes es la peculiar pronunciación ribereña, común en todos los municipios pero más acentuada aquí, sin duda signo que distingue a un territorio que conserva una importante lista de vocablos derivados del leonés.
Vilvestre ofrece también al viajero una excelente carta de excursiones fluviales que es gestionada junto a la localidad portuguesa de Freixo, signo de colaboración entre los habitantes de dos países que durante demasiado tiempo vivieron de espaldas. De camino al muelle de La Barca, pueden divisarse plantaciones de cítricos, especies comunes de un lado y otro del río desde Mieza hasta La Fregeneda, aunque antes de este punto la parada está en Saucelle, lugar que ofrece una de las propuestas de alojamiento rural más importantes de la zona, aunque el lugar más llamativo lo ofrezca el mirador de Las Janas, sobre las arribes del Huebra, río que comparte con Hinojosa de Duero, el único pueblo que lleva su apellido.
Aquí el viajero tiene parada obligada en el Museo Interpretativo del Duero, además de pasar por el mantel para degustar sus afamados quesos. Y antes de dejar Las Arribes, el Duero baña La Fregeneda, donde sus bancales se preñan de almendros para despedir al río en el muelle fluvial de Vega Terrón.
Miguel Corral/Tribuna de Salamanca |