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Primero llegó el granito. En segundo lugar el agua. Después, sin prisa, el tiempo se encargaría de formarlos. En cada rincón rocoso, las huestes del reino vegetal se establecerían, aprovechando la humedad y las dulces temperaturas de los fayales, y sustentando, a su vez, a sus móviles consumidores o a los que se comen a éstos.
Mucho más tarde, la especie humana ocupó los berrocales. De estos pioneros nos quedan sus diseños de vacas, caballo y ciervos en las piedras -dónde si no- originando lo que se considera el conjunto de arte paeleolítico al aire libre más importante de Europa. Sus descendientes también han dejado su rastro de vida, y de muerte, del uso de la tierra y de la comunicación con sus dioses, en forma de dólmenes, verracos, estelas, calzadas, puentes, castillos, murallas, iglesias y ermitas.
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Durante muchos años estas orillas fueron testigo de intercambios de productos humildes entre España y Portugal, con el afán de redondear las magras economías domésticas: tabaco, café, lana, tocino, jabón, hilos de coser... que daban lugar a peligrosos descensos nocturnos en busca de los pasos, evitando la vigilancia de carabineros y guardinhas.
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El pastoreo de las cabras se realiza mayormente en las localidades cercanas al Duero, pues se alimentan en los lugares donde abunda el monte trabado. Las construcciones propias de esta actividad son los casitos, de piedra, que sirven de refugio diurno y ocasionalmente nocturno al cabrero, y los corrales y chiviteros, donde guarda al ganado.
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Los habitantes de estas comarcas nombran los accidentes orográficos e hidrográficos de manera peculiar, como corresponde a un paisaje poco común en el conjunto de la Meseta y a las particularidades del habla de La Ribera.
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